Los más afectados por la crisis económica son los españoles que se encuentran sin trabajo y el conjunto de pequeñas y medianas empresas y autónomos. Los primeros suman más de cuatro millones de personas, cifra que nos sitúa a la cabeza del ranking europeo. Y en cuanto a los empresarios de pymes y autónomos, a inicios de 2008 (datos del Instituto Nacional de Estadística) comprendían 3,3 millones de negocios, de los que la mitad (1,7 millones) no tienen asalariados. La crisis se ha cobrado 2,6 millones de nuevos parados desde julio de 2007 y el cierre (fuente, CEOE) de más de 300.000 empresas. Actualmente nos encontramos con un ritmo de destrucción de 15.000 empresas al mes.
¿Qué hemos de hacer para salir de este bache infernal? La apatía del Gobierno en este aspecto es desesperante, inmoral, suicida. Los sindicatos, más de lo mismo, salvo organizar manifestaciones, no contra el culpable, que es el Gobierno por su inactividad, sino contra los empresarios, que son los únicos que en la medida que les dejan y pueden, todavía crean algún puesto de trabajo. El mundo al revés.
Y ¿qué piden los empresarios? Pues nada del otro mundo. Solicitan medidas aceptables para cualquiera con un mínimo de sentido común y de responsabilidad. Por ejemplo, demandan igualar las condiciones tributarias de la empresa española con las de nuestros principales competidores; pagar el IVA después de haber cobrado la factura correspondiente; un trato fiscal favorable para aquellas empresas que reinviertan sus beneficios; acometer políticas proactivas para crear puestos de trabajo; adaptar la demanda con un horario flexible de sus trabajadores en función de las horas con mayor actividad; no recortar los programas de apoyo a la internacionalización de la empresa y los de ayuda a la investigación y desarrollo; o que nuestro sistema educativo se acerque a los más avanzados de la OCDE. También pide el empresario encontrar una solución urgente para que llegue el crédito a las empresas y en particular a las pymes.
Mientras tanto, el Gobierno que preside José Luis Rodríguez mira hacia otro lado y su esperanza es que la solución venga de fuera, en forma de reactivación económica en nuestros países cercanos, y a ver si se nos contagia algo de la mejora. Pero de tomar el toro por las astas, de dar un golpe en la mesa y de acometer un programa claro, valiente, que suponga “sangre, sudor y lágrimas” recordando las palabras del político inglés Winston Churchill, de eso nada, porque los actuales gobernantes creen con simpleza y cortedad de miras, que una decisión de este tipo no da votos. Y así nos va como nos va, que empezamos a dar pena en Europa.

