Pasó el 9-M y todo sigue igual. Volvió a ganar las elecciones el partido socialista que gobernará el país durante otros cuatro años. Y ha quedado en evidencia que si los populares quieren recuperar el poder, debe de jugar la baza catalana con tino, no repitiendo los errores de que vienen haciendo gala desde hace muchos años. Las huestes de Rajoy han de saber que si hoy el popular es un partido antipático en Cataluña, buena parte de la culpa la tienen ellos mismos. Empresarios con los que he hablado tras el 9-M comentan que es conveniente para España y para cualquier democracia que se precie, la alternancia en el poder, pero las cosas están ahora difíciles, porque el partido popular se equivoca de pies a cabeza por lo que a esta autonomía se refiere. Lo que sí es positivo tras el análisis del 9-M, es la caída de los republicanos catalanes, a los que resultaba grande su grupo parlamentario en Madrid y al menos a partir de ahora, dejarán de hacer el ridículo en la capital con sus actuaciones irresponsables y perjudiciales para todos, empezando por la economía catalana.

En fin, volviendo a los populares, si quieren gobernar en España se han de ganar Cataluña. De entrada, Rajoy, como antes hacía Fraga o desde siempre los convergentes, debería reunirse periódicamente con fuerzas vivas catalanas como son los empresarios, para conocer lo que se piensa aquí, los problemas con los que luchan cada mañana y, en definitiva, lo que pensamos en Cataluña en todos los aspectos, ya sea el político, el económico, el cultural, el religioso o el social.

Muchas otras cosas tiene que arreglar el partido popular si quiere ganar terreno en Cataluña: poner jefes de fila con buena imagen y reconocidos por sus cualidades; traer gente de Madrid que no se meta con los catalanes, como ocurrió en la pasada campaña electoral con Pizarro o antes con la inefable Esperanza; expulsar del partido popular catalán la idea de que es el feudo de unos pocos que hacen y deshacen a su antojo porque creen que el partido es suyo; y tratar los temas importantes, como son la lengua, la cultura, la historia y las costumbres, con más tacto. Quien conozca bien Cataluña estará de acuerdo con la visión que tiene el empresario corriente y ecuánime de aquí, de que las guerras de lenguas, los ataques al castellano, los deseos de independencia política o la insolidaridad con el resto de España, son ideas que sólo están en la mente de cuatro descerebrados de Madrid y de Barcelona, pero que se desconocen por la gente de la calle, a la que sus preocupaciones son la paz, el progreso económico y que el país funcione.

Así está el tema. Y si los populares lo quieren arreglar de cara a las elecciones de 2012, ya deben tomar iniciativas de inmediato.