Será casualidad o no, pero en el sector constructor español y en vista de lo que está ocurriendo, cabe deducir que algunos han actuado con listeza y otros como verdaderos pardillos. Unos han sido listos y otros se deslumbraron inocentemente por el fulgor de los ladrillos. Y la cosa viene de hace años. Sin intentar ser exhaustivo recordaré ahora que no hace muchos años, por ejemplo, Agbar (grupo La Caixa) era propietaria de la constructora Acsa, Dragados estaba controlada por Santander Central Hispano, Inmobiliaria Colonial era una de las joyas de la corona de la citada Caixa, Banesto aparecía como grupo de control en Inmobiliaria Urbis, Metrovacesa era de BBVA, Vallehermoso pertenecía al grupo Santander Central Hispano, Caixa Catalunya estaba en Riofisa y Banco Sabadell en Landscape. Con el paso del tiempo, todas las constructoras reseñadas han dejado de pertenecer a dichos grupos financieros. Los Fornesa, Botín, Fainé, Oliu o Loza de turno, se desprendieron uno tras otro de sus paquetes accionariales en el sector constructor, a través de sorpresivas operaciones que eran difíciles de entender en su día. Hoy, la cosa parece más clara: los sabuesos de las finanzas por lo visto, se olían lo que se venía encima en la construcción e iban colocando sus filiales a altísimos precios, adquiridas por empresarios llegados al sector del ladrillo, que se las creían felices: Luis Portillo (Inmocaral, Riofisa y Colonial), Bruno Figueras (Habitat), Rafael Santamaría (Reyal Urbis) o Joaquín Rivero (Metrovacesa). Esto ocurría al mismo tiempo que grandes constructoras “de toda la vida” aumentaban de forma notable su participación en servicios, mediante la compra de empresas de aeropuertos, autopistas, telecomunicaciones, ferrocarriles, medioambiente y energía. Al igual que hacían y hacen grupos como Agbar o Abertis. Con el caso paradójico de la constructora Ferrovial, a la que dejó de interesarle la actividad inmobiliaria y tuvo la suerte de colocarla a Habitat a tal precio que ha supuesto la descapitalización de la compañía barcelonesa y la llegada a la misma de graves problemas económicos. Con el dinero cobrado, la constructora madrileña siguió expansionándose por sectores de servicios.
De modo, que cuando Emilio Botín o Isidro Fainé, por poner dos ejemplos, decidan vender algo, sigamos la jugada y busquemos explicación a los motivos de su actuación. De haberlo hecho así, seguramente a Enrique Bañuelos (Astroc) o al grupo Llanera no les hubiera cogido el toro de la forma estrepitosa como lo ha hecho. Aquellos personajes sí que siguen la norma enunciada en Sitges por Luis Rivero (Sacyr) para actuar en el mundo de los negocios: “Ojo de lince, paso de buey, diente de lobo y hacerse el bobo”.

