Los empresarios catalanes están perdiendo influencia en los últimos tiempos dentro de la economía española y en este sentido, casos como los de Banco Sabadell, Abertis, Ros Roca o Borges, protagonistas de sonadas compras en el exterior, pueden considerarse la excepción que confirma la regla. Muestra sangrante de esta situación es el embrollo Endesa, tema impulsado por emprendedores de aquí con nombre y apellidos y cuya resolución final se desarrolla al margen de cualquier influencia de gente de aquí, aunque la eléctrica sea la única suministradora de esta clase de energía en el Principado. En los últimos meses han dejado de ser empresas familiares catalanas firmas del relieve de Panrico, Uniland, Aresa, Gallina Blanca y Chupa Chups, mientras que Colonial, la mayor inmobiliaria de aquí, se ha ido a Madrid, y a la vez que la valenciana Mercadona sigue un imparable ascenso, su competidora Caprabo se ha puesto en venta. Pese a que la economía en general va bien en Cataluña y en toda España, cunde cierto desánimo inversor a nivel industrial en toda el área catalana, no se levantan nuevas instalaciones (otra vez encontramos una excepción: la de Damm) y la inversión extranjera cuando decide venir a nuestro país, prefiere irse a otras comunidades autónomas por mil y una razones que sería positivo analizar en profundidad.

Pese a esta situación de regresión, la empresa catalana, en su mayor parte pyme, sigue ganando dinero, se esfuerza en competir en los mercados globalizados y si algo no va bien, más que culpar al empresario, cabría hacerlo al entorno en el que el mismo se mueve.

Creo que es bueno recordar aquí las palabras pronunciadas por Juan Rosell hace meses ante más de un centenar de empresarios en la sede de la patronal Fomento del Trabajo, en el sentido de que “las empresas no quieren ayudas, sólo necesitan aire empresarial a favor. Con la economía no se juega”.