Contamos en Cataluña con una clase política que labora bien poco en favor de la empresa y todo lo que ella representa. Tiempos pasados fueron mejores y muchos emprendedores añoran la época de Jordi Pujol al frente de la Generalitat, quien en general y salvando asuntos puntuales (como el de calificar al comisionista Javier de la Rosa como empresario ejemplar), siempre apoyó de forma decidida a la empresa catalana. Llegaron políticos nuevos tras las últimas elecciones autonómicas, inexpertos en el arte de la política, y cada vez que hablaban era para meter la pata. Uno de ellos amenazó con “medidas contundentes frente a los empresarios que miraban al Este” y anunció “el fin de la impunidad empresarial”. Otro irresponsable personaje de la cosa pública recién llegado al poder, invitó a los catalanes a dejar de adquirir productos de determinada multinacional que había decidido invertir en mercados con mano de obra más barata. A renglón seguido un dirigente republicano afirmaba que “como Estado, España no sirve para muchos catalanes ni para los intereses de Cataluña. Y si encima es un Estado poco amable con los catalanes porque te pone como sospechoso a cada instante, es un Estado antipático, poco atractivo”. Se olvidaba el aludido que España no es en absoluto un Estado antipático para la empresa catalana, pues es su primer mercado consumidor y es también el lugar donde la mayor parte de las grandes compañías de aquí tienen importantes instalaciones. Ya más recientemente, a otro político no se le ocurre otra cosa que meterse con Freixenet porque su presidente afirmara que los espumosos catalanes son tan españoles como el vino de Rioja o el turrón de Alicante, lo cual no deja de ser una obviedad como una casa.
Cataluña cuenta con multitud de ejemplos de grandes empresarios y empresas que merecen ser ensalzadas y elogiadas, porque si esta comunidad autónoma es rica y poderosa, se debe en buena medida a los excelentes empresarios y empresas con que cuenta. Con líderes mundiales en su especialidad, como son los casos de los hermanos Daurella (el mayor grupo concesionario de Coca Cola en Europa), Juan Manuel Soler (es el empresario privado que vende más coches Mercedes en el continente), Miguel Rodríguez (su empresa Festina Lotus es la primera comercializadora de relojes en España y la segunda en Francia), Manuel Lao (potencia mundial en los negocios de juego y ocio), el grupo familiar Roca (segundo fabricante europeo de sanitarios), los hermanos Puig (su empresa Flamagás es la cuarta productora de encendedores en todo el orbe con 200 millones de unidades al año, además de ser también una potencia en el campo de los perfumes), los hermanos Andic (Mango es la distribuidora textil que está presente en un mayor número de países de todo el mundo, seguida por Zara), Alberto Palatchi (viste a una de cada cinco novias de todo el mundo), José Manuel Lara (primer editor de libros en castellano y cabeza de un poderoso holding mediático), los Ferrer (la mayor empresa del orbe en la elaboración de espumosos) o José María Pujol (Ficosa es líder mundial de determinados componentes del automóvil). La lista de líderes internacionales se alarga con muchos más casos, como son los de Gas Gas Motos, Custó, familia Rodés, el joyero Tous, los Carulla en sopas y caldos o los Pont de Borges, por citar tan solo algunos de ellos.
Todos estos empresarios han llegado a la cima gracias a su esfuerzo, dedicación, visión de los negocios y abnegación. No buscan elogios ni reconocimientos. Se conforman con que el político de turno esté callado y no entorpezca su actividad. Pagan sus impuestos a Hacienda, crean puestos de trabajo y suponen el mejor patrimonio de la Cataluña económica. Y sin embargo, todavía quedan políticos sin talla, con las ideas confusas, que van sembrando cizaña y descalifican a quienes, al margen de la política, triunfan con sus empresas. Son empresarios que por su trayectoria profesional merecen todos los respetos.

