Un día Sebastià Mas decidió dejar su trabajo de comercial en Casa Tarradellas para embarcarse en un proyecto motivador y que le entusiasmara. Tenía veintiséis años y algunos conocimientos en el sector de la alimentación. Se lanzó y empezó en 1993 a comercializar y distribuir productos de charcutería y cárnicos bajo el nombre de Can Mas. Fue en ese momento cuando Sebastià Mas, empezaba a darse cuenta de lo que significaba llevar una empresa: compraba, vendía, facturaba… todo lo hacía solo. Pero Mas, ilusionado con el proyecto y, seguro de sí mismo, decidió dar un paso adelante.
Su olfato de comerciante le llevó a observar que surgía una nueva demanda de las pequeñas tiendas especializadas en alimentación, eran los inicios de las ventas de platos precocinados. Pasaron tres años y no fue hasta 1996, cuando se subió al tren de la elaboración de comida mediterránea. Detectó que existía un hueco en el ámbito de los precocinados y unas carencias importantes. Instaló una cocina en los bajos de su casa y se lanzó, con el toque de un cocinero jubilado, a elaborar croquetas, canelones y pizzas. Tras unas pruebas piloto, evolucionó hacia una pequeña industria de elaboración y distribución de platos precocinados. Pronto vió reconocido su esfuerzo con la satisfacción de contar con una clientela fiel, lo que impulsó el despegue de la empresa.
A pesar de las dudas de sus asesores, Mas, quien no se arruga con facilidad, optó por arriesgarse y llevar a cabo la necesaria ampliación de la planta. Él mismo realizó los planos y la ingeniería para realizar una inversión de 1,8 millones de euros con el objetivo de pasar de una planta de doscientos metros cuadrados a otra de dos mil metros cuadrados. Con el convencimiento inicial de ampliar la oferta, se trasladó a un lugar en el que tradición e innovación se cocinan rodeados de naturaleza y recuerdos de infancia y juventud. Decidió ubicar la empresa en su pueblo natal, Castellterçol (Vallès Oriental), en el polígono El Vapor, un lugar que en su momento fue un centro para la industria textil catalana.
Amante de la cocina y con la suerte de tener un paladar sibarita, Sebastià Mas es capaz de coger el coche y recorrer mil kilómetros para disfrutar de una comida con sus amigos en un restaurante. Ya lo dice el refrán, “uno tiene que ser cocinero antes que fraile”, así lo transmite la exquisitez de los más de cincuenta productos que se elaboran en la empresa. “El análisis de los productos etapa por etapa es la manera de evitar la pérdida de la calidad o la posibilidad de contaminación”, explica Mas.
Su pasión por la velocidad y el motor —compite en el campeonato de España de aficionados— va relacionado con el crecimiento de la empresa. Cataluña, Andorra y Bélgica ya le han abierto las puertas y pronto espera aterrizar también en Madrid. Comprometido con sus raíces catalanas, trata de aportar su granito de arena a la exportación de la alimentación tradicional mediterránea apostando por el producto precocinado fresco, que mantiene intacto los aspectos cualitativos y nutritivos. La empresa elabora y distribuye su oferta a más de mil quinientos puntos. Para el próximo ejercicio estima unas ventas de seis millones de euros.
Este emprendedor y su equipo estudian durante seis meses el diseño de cada plato para encontrar el equilibrio entre el sabor, la calidad y el precio. Incansable y convencido de sus ideales ha obtenido el certificado de la ISO 9001:2000 para mantener y demostrar la alta calidad de sus productos. Sebastià Mas define sus platos como “la cocina de nuestras abuelas” en un momento en el que es difícil encontrar tiempo para cocinar. La receta de Can Mas es trabajar y no mirar atrás”; los ingredientes, una buena organización empresarial, aplicar las nuevas tecnologías, tener suerte y obtener el resultado de un producto exquisito.

