Uno de los principales retos de la economía española se encuentra en la mejora de la productividad, según coinciden diversos análisis sobre el tejido empresarial. Para paliarlo, además de cambios de mentalidad en empresarios y Administración, hará falta mejorar infraestructuras, incrementar la formación, realizar inversiones y destinar recursos a la investigación, desarrollo e innovación. Este último punto no se improvisa y depende, en gran medida, de proyectos de tecnología que, con demasiada frecuencia, no acaban trasladándose a la cadena productiva por falta de financiación. De momento, España va con un poco de retraso, destina a I+D el 1,03 por ciento del PIB, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), mientras que en Europa la media es del dos por ciento. A pesar de ese panorama desolador, hay indicios que abren la puerta a la esperanza. El Gobierno se ha fijado como objetivo duplicar los fondos destinados a investigación y ya está potenciando el CDTI, las universidades multiplican las empresas nacidas en su seno gracias a proyectos tecnológicos, el número de patentes registradas, aunque bajo, aumenta cada año mientras que el dinero de los inversores empieza a interesarse por los proyectos de tecnología.
“El desarrollo científico, que estaba en la cola de Europa, ha mejorado mucho, pero el desarrollo tecnológico está mucho peor, porque no basta con que se investigue, sino que se aplique esa investigación de forma práctica, y eso resulta más complejo; siendo realistas estamos mal , pero con el actual boom tecnológico de aquí a diez años la situación mejorará mucho y veremos sus frutos”, explica José Manuel Guisán, director de la Oficina de Transferencia de Tecnología del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). En ese organismo trabajan cinco mil investigadores, de los que la décima parte se dedican a la tecnología, lo que ha dado como resultados que cada año se registren unas ochenta patentes, de las que la mitad se transfieren a empresas. Este proceso reporta anualmente 1,8 millones de euros al CSIC. “Todavía es una cantidad baja, pero hace cuatro años no llegaba a los cien mil euros”, aclara Guisán. Desde el CSIC han salido algunos emprendedores con ganas de convertir en empresa sus ideas, aunque para llevarlo a término se han encontrado con la dura realidad de la financiación de nuevas empresas.
Por ese trance ya pasó el británico Michael Lynch, quien fundó Autonomy tras crear otras cuatro empresas tecnológicas. “Me preocupa —asegura Lynch— lo difícil que resulta ahora que un equipo de emprendedores llegue con un proyecto y el inversor les mire a los ojos y les diga: no sé lo que queréis hacer, pero parecéis personas perspicaces, por lo que colocaré a algunos expertos con vosotros y veremos lo que sucede”. “Hay que dar un mensaje positivo, porque si lo primero que decimos es que resulta imposible, no haríamos nada”, recomienda Lynch a los inversores escépticos. Su ejemplo se podría aplicar perfectamente a España. “La tecnología existe, la ciencia básica es buena pero sigo pensando que la investigación no pasa a la empresa, falta la transmisión entre la investigación tecnológica y su aplicación empresarial”, asegura Javier Echarri, secretario general de la asociación europea de capital riesgo (European Private Equity & Venture Capital Association, EVCA).
En esta línea, Christian Fernández, director general de la sociedad de capital riesgo Barcelona Emprèn, respaldada por el Ayuntamiento de Barcelona y especializada en proyectos tecnológicos, asegura que “lo que falta son buenos gestores de tecnología, el emprendedor normalmente no sabe venderlo”. A pesar de esas carencias, Echarri se muestra esperanzado porque empieza a detectar la presencia de investigación sólida, recursos económicos y proyectos. “Nos falta tiempo, pero algo está cambiando, por ejemplo, la universidades empiezan a desarrollar sus propias sociedades de capital riesgo para respaldar ideas tecnológicas”.
El informe La contribución de las universidades españolas al desarrollo, apoyado por la Fundación CYD, señala que durante los años 2001 y 2002 se crearon 116 compañías desde las universidades españolas aunque sólo un 5,5 por ciento de las empresas que invirtieron en investigación aprovechó los centros de las universidades para llevarla a cabo. Un ejemplo del caldo de cultivo universitario se encuentra en la Universidad de Santiago de Compostela, que creó una sociedad de capital riesgo para financiar proyectos nacidos en el campus universitario y que participa, a través de Unixest, en seis empresas.
Otra iniciativa para impulsar la tecnología es el Programa Innova, nacido en 1998 de la mano de la Universidad Politécnica de Cataluña (UPC) para apoyar la creación de sociedades de base tecnológica, algo que ya ha hecho en120 proyectos, de los que el 90 por ciento corresponden a titulados de la UPC. “Cada vez hay más investigadores y doctorandos que tienen una idea y se lanzan a la creación de una empresa”, explica Mireia de la Rubia, responsable del programa Innova. De la Rubia reconoce que todavía se detectan muchas carencias en la gestión de las nuevas empresas y eso hace que “los proyectos se orienten en exceso hacia el producto y poco al mercado”. Pero esas ideas innovadoras también se enfrentan a otros obstáculos: “falta una aproximación de la empresa al mundo universitario, les cuesta identificarnos como proveedores directos de tecnología, falta confianza, por eso hemos creado una red de 150 empresarios que apoyan nuestras iniciativas”, explica Mireia de la Rubia. Sus palabras vienen avaladas por el éxito de spin-offs como Fractus, la empresa de antenas fractales, Aleasoft, sociedad de soluciones avanzadas para tratar previsiones de mercado, como el consumo energético, y otras como Rededia, cuyo producto lo comercializa la editorial Edebé.
Estas ideas, normalmente captan sus primeros recursos de su entorno familiar y de ayudas de las administraciones. Para dar el siguiente paso, existen redes de inversores privados, conocidas como business angels, y algunas sociedades de capital riesgo, como sucede con Barcelona Emprèn, que ha impulsado empresas nacidas de universidades o del CSIC. “Cuesta mucho que un docente, que ya es funcionario, se meta en el lío que supone lanzar una empresa, pero si la idea es buena, está bien estructurada y la gente se implica, no hay problema para lograr financiación”, reseña Christian Fernández. “Las dificultades —añade Fernández— surgen después del arranque inicial, cuando se necesitan inyecciones de entre uno y dos millones de euros”. Para paliar ese vacío BCN Emprèn ya ha puesto en marcha el mecanismo para crear una gestora de fondos de inversión que pilotará tanto el actual Barcelona Emprén como nuevos fondos especializados. “La gestora permite tener una mayor flexibilidad”, añade Fernández. Esta nueva gestora estará en marcha antes de que finalice el año si recibe el visto bueno de la Comisión Nacional del Mercado de Valores.
Barcelona Emprèn ha destinado en los últimos cuatro años seis millones de euros en catorce proyectos, una cantidad modesta, pero que ha logrado generar inversiones adicionales de otros inversores por un montante total de 48 millones de euros. “Si un proyecto funciona, vienen otros inversores; para la fase inicial ya existen los inversores privados, pero falta el siguiente escalón, es de los dos y tres millones de euros”, explica Fernández.
Javier Echarri, desde la EVCA, comenta que Europa, si quiere cumplir con los objetivos marcados por la Unión Europea en materia de investigación, necesitará generar setecientos mil investigadores con capacidad de crear empresas, una meta que, aunque parece difícil, es posible si se tiene en cuenta que en los Estados Unidos hay cuatrocientos mil investigadores europeos. Echarri señala que un elemento importante en este campo es el tratamiento fiscal. Ahora el límite en la deducción fiscal de las empresas europeas por investigación son cien mil euros y el país que más ha apostado por este tipo de medidas es Francia. A los incentivos de corte fiscal Echarri añade otros de carácter burocrático, como facilitar la creación de empresas, mejorar el reconocimiento de las patentes en toda Europa e incrementar la protección de los derechos de protección intelectual, que es el principal activo de un proyecto en sus momentos iniciales.
Durante la conferencia sobre inversión en tecnología organizada por la asociación europea de capital riesgo, su presidente, Herman Daems, dibujó un panorama optimista cuatro años después de que explotara la burbuja de los proyectos ligados a internet. “Las buenas perspectivas vienen —según Daems— de los spin-offs de universidades, que están floreciendo de nuevo y que han mejorado su calidad, y de actitudes más positivas hacia los emprendedores y la innovación”. Al mismo tiempo, los riesgos siguen estando en la falta de fondos para proyectos incipientes, en las pocas posibilidades de sacar a bolsa este tipo de proyectos en Europa y en la dificultad de atraer a nuevos inversores. Sobre el mercado español Daems señala que tiene la impresión de que hay muchas oportunidades y añade que “la universidad debe ser la base para los emprendedores, porque allí es donde está la tecnología”.
Parques y centros tecnológicos
José Manuel Guisán, del CSIC, propone potenciar la creación de más parques científicos “para que haya sinergias entre las empresas y las universidades, aunque en esos parques hay que ser paciente y al mismo tiempo perseverante”. En España funcionan diecinueve parques de este tipo con 1.520 empresas y cuarenta mil personas en su seno, aunque esa cifra se puede triplicar si se concretan los planes de nuevos parques que ya están en marcha.
Aunque muchas empresas que invierten en sociedades tecnológicas han puesto sus ojos en el mercado estadounidense para crecer, Joe Schoendorf, del grupo inversor Accel Partners, señala que las ambiciones de crecimiento de la economía china no se pueden ignorar. “La prioridad más inmediata para las firmas de inversión es explotar el potencial del mercado chino para las compañías tecnológicas con sede en Europa o Estados Unidos, donde ya han invertido”.
Otra vía de generar innovación son los centros tecnológicos, que juegan un papel de colaborador tecnológico de las empresas. La Federación Española de Entidades de Innovación y Tecnología (FEDIT) tiene registrados en España 62 centros tecnológicos, de los que seis están en Cataluña, aunque la Generalitat, que quiere crear una red de este tipo de centros, contabiliza once. Estos centros sirven de apoyo a la investigación de las empresas, que sigue siendo el principal motor de la innovación. El premio Príncipe Felipe a la Excelencia Empresarial de este año en el capítulo de la innovación ha recaído en el Grupo Antolín Irausa, primera empresa española de componentes para el automóvil, un sector que ha ganando peso en el tejido industrial español gracias a su doble apuesta por la innovación y la internacionalización. La segunda empresa del sector, la catalana Ficosa International, también ha redoblado su apuesta tecnológica con su nuevo centro de investigación en Mollet (Barcelona), que ha supuesto una inversión de doce millones de euros y emplea a 400 personas. “Una empresa sin centros de I+D no tiene futuro”, afirma el presidente de la empresa, Josep Maria Pujol Artigas.
Minientrevista
Michael Lynch. Fundador y consejero delegado de Autonomy tras crear cinco empresas tecnológicas
“El secreto de mi éxito está en la esquizofrenia”
Michael Lynch, londinense de 38 años, creó su primera compañía (relacionada con los sintetizadores) a los 18 años, mientras estudiaba en Cambridge. Después, fue constituyendo nuevas empresas hasta que lanzó su gran éxito, Autonomy, compañía que trasladó a San Francisco y que sacó a la Bolsa de Londres y al Nasdaq. Ahora, participa en los consejos asesores de grupos de inversión como Apax Partners y The Carlyle Group. Su historia es muy significativa sobre la financiación de la tecnología. Con su primer proyecto recorrió un largo periplo hasta conseguir apoyo financiero. “Había leído algo sobre capital riesgo y fui a MTI (una de las principales compañías británicas de inversión para proyectos iniciales de tecnología), no logré el dinero, pero percibí un mensaje positivo”, asegura Lynch. Luego fue a la oficina de inversión del departamento de industria británico (DTI), donde sólo recibió palabras amables. De allí fue a ver al director de una oficina bancaria, donde obtuvo algo más que palabras de apoyo, se llevó un consejo: “lo que realmente triunfa no es la tecnología sino una tienda de golosinas, que es lo que la gente compra de camino al trabajo”. Lynch prefirió seguir vendiendo su proyecto hasta que logró las libras necesarias.
- Aunque suene a tópico la pregunta, ¿existe alguna clave detrás de su éxito?
- La respuesta es que sí, la esquizofrenia: tener un convencimiento total sobre lo que se está haciendo y entender por qué esa idea va a salir delante; y, al mismo tiempo, cuestionar cada propuesta, cada paso. En algunas reuniones ser extremadamente positivo y, en otras, absolutamente negativo, pura esquizofrenia.
- ¿Dónde están las principales diferencias entre los centros tecnológicos de Europa y el Silicon Valley estadounidense?
- En Europa es importante que la gente entienda que existen trabajadores que quieren estar más tiempo en su tarea, y con el límite de las 35 horas es imposible estar al nivel de Estados Unidos en ese área. Otro elemento es que allí es posible encontrar a los expertos que hagan falta en cualquier momento. Luego está la fragmentación que se da en los mercados europeos y que impiden que haya una masa crítica suficiente para un desarrollo tecnológico. Por último, está lo dañino que resulta la forma en que funcionan en Europa los mercados bursátiles para este tipo de compañías.
- Usted está presente en grandes grupos de inversión, ¿qué problemas detecta cuando reciben proyectos tecnológicos?
- El gran problema es el número de propuestas, llegan cientos. Lo importante es demostrar por qué esa es una buena idea en pocas palabras y dar argumentos de credibilidad.
- Tras el bache que ha atravesado la financiación tecnológica, ¿ve signos de recuperación?
- En general se está recuperando. En Europa todavía hay dudas, pero en sitios como California existe gran interés por este tipo de proyectos tras el éxito de compañías como e-Bay y tras ver que los márgenes pueden ser muy altos. Los inversores vuelven a estar abiertos para escuchar nuevas propuestas, aunque no será como antes.
- ¿Hay algún error que cometen los emprendedores tecnológicos europeos frente a sus colegas estadounidenses?
- Error es una palabra muy fuerte, pero algo que infravaloran los europeos es la importancia del marketing, pueden ser buenos en tecnología, e incluso mejor de lo que la gente se piensa, pero no lo son en marketing, es algo que tendrán que aprender.
- Usted ha creado un puñado de empresas, ¿era importante contar con un gestor al lado del emprendedor?
- Eso depende de las personas. Para algunos es importante tener a alguien al lado para la gestión; en mi caso soy técnico, pero también un gestor, por lo que no he tenido que afrontar ese problema. En California, por ejemplo, se pueden encontrar muy buenos investigadores que además gestionan; hay que analizar cada caso.

